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Y todo comenzó así V

Con un leve portazo gracias a mi talón me encontré sola en cuarto que me había tocado. Mi corazón, todavía nervioso por el pequeño susto que nos acababa de dar la recepcionista al decir “una habitación doble”, comenzó a latir con cierta normalidad al verme lejos de su mirada. Habíamos planeado aquel encuentro durante más de dos semanas y, aun así, me sentía como si todo aquello se hubiese presentado de repente ante mis ojos. Primeros de Mayo… A penas unos cuantos meses que, en cambio, se asemejaban más a una vida entera. ¿Qué quedaba de esa chica insegura y manipulable que se había fijado en él? Bueno, a juzgar por el temblor de mis manos al posar la maleta sobre la cama, pocos dirían que la inseguridad había desaparecido, e incluso yo misma sabía que aún tenía muchas cosas que mejorar, pero de tontos habría sido negar el evidente cambio que toda mi existencia había experimentado tras su llegada.  Él tenía la habilidad de que un día pareciese un mes y que, varios meses se me antojasen unos cuantos años pues… ¿de qué otra manera se podría explicar ese grado de complicidad que sentíamos? Más allá de una fachada pintada de simpatía y cercanía, me consideraba una persona bastante desconfiada llegados a ciertos puntos y, sin embargo, a pesar de lo extraño de las circunstancias, podía decir que contaba con mi confianza en grados tales que me avergonzaba reconocer.

Nerviosa, sin saber muy bien qué iba a suceder en las próximas horas, busqué mi teléfono movil con la única intención de hacer una llamada rápida con la que tranquilizar a mi madre. No me dolía reconocer que aquel era mi primer viaje en solitario (dejando a un lado simples trayectos en los que o bien un familiar o bien alguna amistad íntima me estaba esperando) y, obviamente, la novedad siempre trae ciertos temores. ¿Y si no se presentaba? Esa duda ya había sido desmontada. Pero… ¿Y si no congeníabamos tan bien como con más de tres mil kilómetros de distancia? ¿Y si los temas de conversación se acababan? ¿Y si…

¡Mamá! Hola– la voz de la mujer al otro lado de la línea interrumpió de manera abrupta mi tenso hilo de pensamientos-Acabo de llegar al hotel… Si, si… el viaje un poco largo pero bien… Ajá… Si, está dejando las cosas y ahora iremos a comer… Si… ¿Y vosotros?… Perfecto. Por aquí un poco nublado… Si, por la noche te mando un mensaje… Pasadlo bien… Vale, vale… Un beso.

Listo. Una cosa menos por hacer. Ahora tocaba… Enfrentarse a lo que había estado temiendo y deseando a partes iguales durante las dos últimas semanas (por no decir durante los últimos meses): él. Tras asegurarme de que la ropa había llegado medianamente doblada a su destino y de arreglarme un poco el pelo, me quedé delante del espejo de mi habitación durante unos segundos. Ahí una joven morena, de ojos oscuros y piel pálida a pesar del sol del verano, me devolvió la mirada. Acababa de cumplir los veinticuatro y, a pesar de ello, sentía que mi vida adulta acababa de comenzar. Unos veinticuatro que, en realidad, son como la mayoría de edad… ¿Por qué me quedaba pensando esas cosas cuando, seguramente, él  ya me estaba esperando al otro lado del pasillo? Mecanismos de mi cabeza para evadir la tensión, supongo. Suspiré al tiempo que, con una pequeña sonrisa, trataba de insuflarme ánimos. “¡Venga! Llevas esperando estos días desde que le conociste. Disfrútalos o después te lamentarás” Y eso hice. Cogí mi cazadora blanca (esa que me había comprado dos días antes mientras hablábamos por teléfono) y salí de mi habitación con un paso que trataba de aparentar una seguridad de la que en realidad carecía por completo. Ahí estaba él, con la mirada perdida y la espalda apoyada en la pared de enfrente. Le sonreí ¿cómo no iba a hacerlo? y continué avanzando hasta encontrarme a menos de dos pasos de distancia. ¡Podía tocarle! Me bastaba con alargar el brazo para que las yemas de mis dedos rozasen la tela de su camisa. Me había imaginado aquel encuentro tantas veces que, ahora, me encontraba abrumada por esa oleada de sentimientos que golpeaba las paredes de mi pecho y de mi cabeza. ¡Le tenía ahí!

Ya estoy-otra vez mi estúpida sonrisita de colegiala- Espero no haber tardado mucho… Mi madre a veces se pone un poco pesada-Oh, por dios, deja de mencionar a tu madre que ya eres mayorcita-¿Te apetece que vayamos a comer? Así tenemos toda la tarde libre para visitar el pueblo.

Los nervios y la maldita manía que tienen de volverme una mandona. ¿Por qué no dejaba que fuera él quien decidiese el plan a seguir? A fin de cuentas yo era nueva en el sitio y él, en cambio, lo había visitado en más de un par de ocasiones. Carraspeé y comencé a bajar las escaleras a su lado sin poder evitar que mi mirada abandonase el suelo para dirigirse hacia su figura. Seguro de sí mismo, con un caminar decidido y esa sonrisa de lado que ya se había convertido en mi favorita. ¿En serio era el mismo que me había dicho sin tapujo alguno que me amaba? ¿O el que me había concedido el derecho a llamarle a cualquier hora de la noche pues, palabras textuales, “eres mi niña, tengo que cuidarte”? Esas preguntas inevitablemente me llevaban a otra aún más seria… ¿Se arrepentiría de todo ello? Yo no, por supuesto, pero ¿y si él si lo hacía? No podría culparme ya que, a fin de cuentas, nuestra relación había sido extraña y, sobre todo, llevaba a la distancia. Un par de fotos mías no podían suplir el contacto directo y, tal vez, ahora se había dado cuenta del error que había cometido al regalarme tales atenciones o palabras de afecto (o mejor dicho de amor) Con esos tormentosos pensamientos regresamos al coche con el que dirigirnos al centro del pueblo. Hablábamos, pero mentiría si dijera que recuerdo los temas de conversación. Inquieta, casi con problemas para pronunciar bien las palabras (¡estúpida dislexia!) me acomodé en el asiento del copiloto y clavé los ojos en el paisaje que trasncurría a través de la ventana. Poco a poco, tal vez gracias al suave ronroneo del motor, fui calmándome y, al mismo tiempo, recuperando hilos sobre los que conversar.

Ummmm… tú decides dónde comemos… Me dejo llevar por tí– ¿era cosa mía o esa frase tenía fácil malinterpretación? Está bien, está bien… No te pongas nerviosa de nuevo.

Silencio de nuevo y mi cabeza, frenética, buscaba cosas que decir. Finalmente, tras intentos frustrados de parecer divertida y espontánea, opté por dejar que la conversación fluyese sola, sin forzarla de forma alguna. Las cosas entre nosotros dos habían ido bastante bien gracias a la naturalidad y a la ausencia de corsés sociales ¿por qué cambiar de estrategia justo ahora? Sonreí, esta vez con algo más de tranquilidad que antes, al tiempo que -una vez aparcados en la que debía ser la calle principal del pueblo- salía del coche al abrigo de la brisa propia del norte de España. Tras un rápido vistazo al interior del vehículo cai en la cuenta de que se había dejado el teléfono móvil en el asiento por lo que me apresuré a recogerlo.

Cariño… Eh….– ¡Dios mio! ¡Se lo has dicho en persona! ¡Calma! ¿Se habrá dado cuenta? ¿Lo habrá escuchado? Relájate y continua la maldita frase- Te… has… dejado el móvil.

Torpemente, y con el objeto presionado con fuerza contra los dedos de mi mano, rodeé el coche y se lo tendí. El fuego de mis mejillas provocado por la vergüenza me hizo bajar la mirada una vez más.

Ummm… Te sigo-murmuré con un hilo de voz.

Y todo comenzó así IV

El coche andaba realmente despacio a través de la carretera que conectaba la localidad con el punto donde se encontraba el hotel rural en el que se había hecho nuestra reserva. Había dos motivos principales; el primero era lo nervioso que me encontraba, muy a pesar del intento de dibujo de un semblante serio y autosuficiente. El segundo, que realmente no tenía demasiado claro por donde encaminarme y las señales de carretera no parecían demasiado claras con respecto al hotel que, lejos de encontrarse en una localidad, se encontraba en un punto muerto en el que confluían entradas a varias localidades de toda la comarca. Afortunadamente, el tiempo nos había había enviado un amistoso guiño; no por ser verano, después de todo, iba a hacer buen tiempo o estar libre de llovizna… menos en aquel norteño lugar fronterizo con Francia.

Dentro de mí había una extraña sensación de estar fuera de lugar en todo momento. Aquellos episodios no eran particularmente frecuentes en mí, de hecho no lo habían sido nunca, y me sentía muy raro haciendo todo aquello. Recordaba el silencio de aquel amigo cuando le conté por primera vez que ese encuentro iba a producirse; tan bien como yo, él sabía que aquellos comportamientos eran bastante extraños ¿No bastaba con una bonita amistad, como hasta entonces, y ya cuando volviese al país (si es que lo hacía)… coincidiremos a tomar un café? Era lo normal, claro. Esa misma pregunta me había hecho él con aquel insidioso tono de sorna que pretendía apoyar presuntas teorías de emparejamiento de forma tan abrupta había atajado yo… amenaza de colgar el teléfono incluida. Más allá de bromas entre amigos, sí era cierto que aquella situación era tan nueva que me hacía sentir fuera de lugar, y eso impedía que me pudiese deshacer del todo de una leve sensación de incomodidad personal con todo aquello… ¿Pasará a medida que sucedan las horas? Ni idea…

Ella estaba nerviosa, muy diferente a la comodidad que había en nuestras conversaciones habituales. No se la sentía necesariamente incómoda, pero sí muy nerviosa… y me estaba poniendo nervioso a mí. Traté de hablar despreocupadamente del pueblo de Zugarramurdi, sin darme cuenta daba ciertas dosis de información falsa mezclando historias de Navarra, con Vizcaya… ¿Qué diablos la estaba contando? Decidí callarme la boca porque incluso los datos históricos bailaban en mi cabeza y no atinaba uno solo. Ahí es cuando se hizo un total silencio y mi mirada se fijó en la carretera… y… ¡Me había perdido! Tensé las mandíbulas, giré mi cabeza a la derecha y la sonreí con calma fingida justo antes de redirigir mi mirada a la carretera y tomar el primer desvío hacia el punto inicial.

No es un mal hotel, creo que tendrás cobertura.- Comenté pensativo llevándome una mano al bolsillo para sacar mi propio móvil. La cobertura no era total, pero había suficiente. –Lo que sucede que aquí en carretera… Ya sabes lo que ocurre con los pueblos pequeños. El hotel dispone de Wifi, así que imagino que también de señal de cobertura– Bromeé mientras dejaba mi móvil sobre su regazo y volvía a colocar la mano sobre el volante. –Llama desde ahí… Hay tarifa a fijos internacionales, ya sabes– No pasaba un sólo día en el que no hablásemos dos horas, mínimo, por teléfono. Recuerdo aquella mañana en la que me despertó el agente comercial para, “milagrosamente”, ofrecerme una nueva tarifa que me permitía llamar a móviles y fijos nacionales, así como a fijos internacionales, dentro de una misma cantidad que era asombrosamente baja ¡y cien SMS!

Aquella chica creo que era la primera que conocía que pensaba en llamar a su madre. Si yo llamase a mi madre en esas circunstancias, ella se preocuparía porque pensaría que algo me ha pasado… No era demasiado frecuente aquel tipo de llamadas, y realmente en mi entorno era algo que se hacía una vez a la semana y por cumplir. Sin embargo, mi acompañante era asombrosamente cercana a su progenitora… Tierno ¿no? Era una chica especial, francamente especial, y totalmente distinta a cualquiera que hubiese conocido. No únicamente por eso, tenía muchas más particularidades muy difíciles de encontrar en cualquier otra chica de su generación… Era… especial. Creo que había sido eso lo primero que me había llamado la atención y me hizo separarla del resto, lo demás… fue surgiendo. Aún no tenía muy claro el qué había surgido… ¿O sí? Bueno… veremos qué pasa…

Lo enmadrada me intrigó, ese fue el primer sentimiento que noté cuando lo detecté por primera vez. Apenas en un día descarté las facetas negativas de estos comportamientos, no era el caso, y a medida que iba observando más me iba gustado. Además, cuando hablaba de su familia (algo que ocurría a menudo), describía una especie de tribu de los Brady a la que no era muy difícil dedicar simpatía y cierto afecto. La otra cara de la moneda: independizado poco después de cumplir la mayoría de edad, radicado a varios cientos de kilómetros de mi ciudad natal, y… tal vez forjado algo huraño, en lo que a familia se refiere, a través de experiencias poco agradables. Supongo que en parte veía “como era la otra cara del mundo” a través de la ventana que la vida de mi acompañante me ofrecía, y tal vez lo admirase un poco.

¡Claro que tengo algo pensado!– Exclamé sin dejar de mirar a la carretera. –Pero dejaría de ser una sorpresa si te lo dijese…– Añadí.

Emití una carcajada cuando mencionó a Laura. –Pobre Laura…- Espeté aún riendo. Laura era una amiga de ella, buena amiga además, que yo también había conocido en el mismo lugar virtual donde comenzó todo aquello. Chica simpática, sí, con un buen sentido del humor, una asombrosa educación y cierta madurez que únicamente puede ofrecer el desenvolvimiento laboral. Obviamente no es que tuviese “envidia”, o al menos no sólo eso, también la interesaba saber si su amiga no iba a ser trozeada y enterrada en diferentes puntos de la Comunidad Autónoma… Sonreí volviendo mi mirada hacia la que ocupada el asiento del copiloto –Mándala aunque sea un Wasshapt, anda… La tengo en los contactos, y dila que has llegado bien… Soléis enviaros archivos de voz ¿no? Envíale uno, así la saludo– Arqueé una ceja mirando significativamente el móvil. Suficiente para descartar homicidios, supongo…

Pues… si no me equivoco, que todo puede ser, aquí mismo es…– Dije con un tono triunfal claramente exagerado, a modo de broma, mientras giraba hacia la derecha con clara intención de aparcar. Algunos comían, otros reían, otros lloraban, otros hablaban de más… Yo, cuando nervioso, sencillamente hacía el payaso. En realidad solía hacer el payaso muy a menudo, a veces lo hacía queriendo, otras sin querer, y otras lo hacía sin querer pero fingía haberlo hecho queriendo.

Fuera del coche, obviamente tras ocuparme yo mismo de los equipajes, volví a aprovechar para observarla mejor. Dentro del automóvil hubiese sido bastante descarado por la obviedad que representaba verme obligado a volver mi cabeza para mirarla, por lo que lo había hecho lo justo y necesario. Todo el trayecto a pie desde el aparcamiento hasta la recepción fue un exhaustivo examen visual que únicamente venía a confirmar lo que había visto en la estación, y que llegaba a superar lo que creí haber visto en fotos ¿cómo diablos una chica con tantos parecidos, que ofrecía unas casualidades que a veces parecían más una broma, también combinaba tan bien con mis preferencias físicas? Aquello era asombroso…

… y con ese asombro, llegué junto a ella a toparme con una rechoncha recepcionista que en la cara tenía dibujada la advertencia de tener un impronunciable apellido.

Te-teníamos una reserva…– Mi mano entregaba un DNI a otra mano mucho mucho más ancha que la mía.

Habitación doble ¿verdad?– Respondió…

…….– ¿Había reservado yo eso? Ni tan si quiera me salían las palabras de la boca.

¡Oh no! Disculpe… Dos habitaciones individuales, sí, aquí está…– Entornaba los ojos mirando aquella pantalla de ordenador.

Sonreí mientras kilos y más kilos se iban de mi cuerpo y me hacían sentir flotar de alivio. Hubiese jurado que aquella era la reserva correcta, pero todo ese viaje me había puesto tan nervioso que bien pudiese haberme equivocado, o lo que es lo mismo… Ellos mismos se hubiesen equivocado y ahora no tuviesen nada más que una habitación doble.

Las habitaciones eran contiguas, una junto a la otra y únicamente separadas por una pared. Frente a las puertas ahí nos encontrábamos ambos, después de que se efectuase el registro de habitación y nos indicasen hacia donde ir para dar con ellas. Así mismo mi mano extendió su maleta, con ayuda de las ruedas, hacia donde se encontraba y dediqué una sonrisa mirándola a los ojos.

Bueno… pues… Vamos a instalarlos, no tardaré pero tómate el tiempo que necesites, te esperaré en la entrada…

¡La tarjeta! ¡La tarjeta! ¿Por qué diablos no me abría?

Y todo comenzó así III

Los latidos de mi corazón aumentaron el ritmo a cada paso que él daba en mi dirección. En el preciso instante en el que nuestras miradas se cruzaron tuve la sensación de que todo lo de mi alrededor se había detenido sin visos de volver a ponerse en marcha. Las conversaciones de los transeúntes se convirtieron en un mero susurro casi comparable con la suave brisa que atusaba varios mechones de mi rebelde cabello y, el ruido de los pocos coches que cruzaban la arenosa calzada cayeron en el olvido como, si ahí y en ese preciso instante, solo existiesen esos ojos oscuros que me miraban con una expresión indescifrable. Carraspeé, al igual que hacía siempre que me ponía nerviosa, y bajé la mirada. La timidez, tan propia de mí en situaciones como aquella, se tradujo en un intenso calor alojado en mis mejillas y en un temblor que por poco me pone en evidencia. Después de tantas horas de conversación y de tanta intimidad creada, por fin le tenía a menos de un metro de distancia. Era alto, mucho más de lo que había podido adivinar a la luz de la foto que me había remitido pocos días antes y su semblante, tan serio como me había imaginado, poco dejaba entrever sobre sus pensamientos. ¿Cuál había sido su primera impresión? ¿Se arrepentía ya de haber aceptado la reunión de unos pocos días? Esas habían sido preguntas que me habían estado atormentando desde que aquel encuentro había pasado de una mera ilusión en mi cabeza para convertirse en una realidad palpable. Un abrazo torpe, casi tímido, fue el que puso fin a más de tres mil kilómetros de distancia.

No… No te preocupes-mostré la mayor de mis sonrisas, esas que solo hacen  acto de presencia cuando la calma brilla por su ausencia- He llegado hace menos de cinco minutos.-Las preguntas comenzaron a volar a tal velocidad que, por los nervios, estuve segura de haberme olvidado de la mayoría de ellas antes de encontrar la respuesta adecuada. Me limité a mantener la mirada en los “apasionantes” adoquines y me encogí de hombros- Todo muy bien. ¿Y tú? 

Uno al lado del otro, como si fuéramos dos viejos amigos, comenzamos a caminar hacia el lugar donde se encontraba el coche. Las palabras se escapaban de sus labios sin darme tiempo a contestar, hecho que agradecí enormemente, por lo que permanecí en silencio tratando de procesar toda aquella información. Y me costó, pero no por la complejidad o la cantidad de la misma, sino porque la curiosidad que sentía por estudiar cada expresión de su rostro (ese que me había sido vedado durante largos meses) era tan grande que me distraía con facilidad. Pronto descubrí lo mucho que me gustaba esa particular manera que tenía de mirarme de reojo o esa pequeña mueca que se le dibujaba al sonreír de lado. Unas facciones desconocidas para alguien a quien sentía conocer de toda la vida. Difícil de comprender ¿Verdad? Desde ese 10 de junio que parecía tan lejano -cuando en realidad no habían pasado ni tres meses- todo lo que nos había rodeado se había podido catalogar de ilógico.  ¿Acaso no parecía sacado del guión de una película de Hollywood o de un libro capaz de arrancar más de un suspiro adolescente? No eran pocas las ocasiones en las que habíamos bromeado con el detalle y ahora, observándole mientras metía mi pesada maleta en el coche, pude corroborarlo una vez más.

Zugarramurdi. Tierra de brujas y, sobre todo, tierra de misterios. Era la primera vez que pisaba aquella parte del país y todo hubiese llamado poderosamente mi atención de no haber estado concentrada en algo mucho más importante para mi: ese chico que se acababa de sentar en el asiento del conductor con claros signos de un nerviosismo dificil de controlar que, irónicamente, obró un efecto calmante en los propios. Parecíamos dos adolescentes pues cada paso que dábamos, cada palabra que salía de nuestros labios buscaba la aprobación en el contrario como si aquel fuese un baile al que no estábamos acostumbrados. ¡Y claro que no lo estábamos! Apoyé el codo en el reposa brazos mas lo aparté en el preciso  instante en el que sentí como su piel rozaba la mía en un contacto que se me antojó demasiado temprano. “¡Calma, chica! No te va a morder… Le has dicho que le amas, le has contado toda vida. ¿Acaso ahora te da vergüenza que pueda tocarte? Relájate un poco o se dará cuenta de lo boba que eres” La vocecita en mi cabeza, tan crítica y cabal como siempre, logró poner un poco de cordura en mi, lo que me permitió seguir observándole mientras, más concentrado en la carretera que en mi, arracancaba el coche con dirección a la casa rural donde nos íbamos a hospedar. Dos habitaciones. Una al lado de la otra o, lo que es lo mismo, una simple pared de distancia. Acostumbrada como estaba a que fueran varios países los que se ponían entre medias de los dos, aquellas cuantas piedras amontonadas unas encima de las otras se me antojabas ridículas. ¡Era casi como si compartiésemos cuarto! Volví a carraspear e inspiré para tomar la palabra.

¿Sabes si hay cobertura allá? Tendría que llamar a mi madre para que sepa que he llegado bien-murmuré bajando la mirada justo antes de que se volviese a cruzar con la ajena. En otra ocasión, con otra persona y en otras circunstancias, la evidente necesidad de llamarla me habría resultado un tanto vergonzosa pues ¿qué chica de veinticuatro años se encuentra tan unida a su progenitora? Pero no, con él las cosas eran diferentes… En su presencia siempre había podido ser yo misma sin temor a juicios o a críticas veladas. Curiosamente, lo que solía parecer negativo a la gente normal, con él se volvía algo digno de cuidar y proteger. Tomé el móvil y, ceñuda, comprobé que en una zona tan apartada no había red.-Bueno, al llegar lo miro mejor– Otra sonrisa nerviosa- ¿Tienes pensado qué hacer ésta tarde? Siempre dices que se te da mejor improvisar, pero algo tendrás en mente ¿no?

Silencio. Ese era el mayor miedo que me cruzaba la cabeza mientras, aparentando tranquilidad, observaba los paisajes verdes y montañosos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cuando estaba nerviosa o en una situación nueva el silencio era mi peor enemigo pues, ansiosa por combatirlo, comenzaba a decir cosas sin ton ni son. Me mordí el labio inferior antes de girar la cabeza en su dirección instantes antes de que el coche hiciera lo propio para desviarse por un camino pedregoso que anunciaba la pronta llegada al destino.

Laura estaba como loca con este viaje-comenté, haciendo referencia a una amiga en común- Me ha pedido que le mandemos algún video para darle un poquito de envidia.

Tal y como había previsto, la velocidad pronto se redujo hasta terminar aparcando en el extremo derecho de una fila de pocos vehículos más. La casa rural, de piedra obviamente y con un bonito tejado de madera, se parecía mucho a la que había estado dibujando en mi mente los días de antes. De dimensiones reducidas, rodeada de árboles y con ese aire misterioso que, por lo que había comprobado, impregnaba todo el pueblo. “Muy de brujas, claro” El aire fresco, inusual para unas fechas tan avanzadas del verano, me azotó el rostro al abrir la puerta y me hizo sonreír. En silencio, sin apartar la mirada del suelo mientras cargaba con mi bolso de mano, le seguí hasta una cuca recepción donde una mujer de sonrisa amable y rollizas proporciones nos esperaba.

Y todo comenzó así II

 31 de Agosto, 12:51h

¿Y por qué diablos me sudaban tanto las manos? Sentía la incomodidad del tacto con el cuero del volante con aquellas sudadas manos en un día en el que el calor, pese a ser patente, no era tan exagerado. Más despacio de lo normal, conducía por aquella vieja carretera dejando que el Bidasoa se dejase ver a mi izquierda, tal vez para posar de vez en cuando mis ojos en su relajante imagen… tal vez por una reacción inconsciente de no estar haciendo del todo lo correcto. No había, a simple vista, nada malo en lo que iba a hacer ¿Qué era, después de todo, quedar con una amistad para visitar una localidad con historia de interés común? El hecho de su género importaba poco ¿o es que la sociedad no había evolucionado de la Europa victoriana? Mi mente, una y otra vez, repetía ese argumento pretendidamente inyectado de toda lógica y madurez para acallar una conciencia incesantemente protestante; que sabía, como de hecho era cierto, que tras ese encuentro aparentemente normal existía un sentimiento tan poco apropiado, debido a nuestras respectivas situaciones, como también inevitable.

Sasi guztien gainetik eta odei guztien azpitik…– (“Por encima de todas las zarzas y por debajo de todas las nubes) tarareé entre susurros mientras me movía inquieto sobre el respaldo del asiento del coche, el tradicional cántico que presuntamente las brujas recitaban instantes antes de echar a volar, previa aplicación de ungüentos extraños. Pues, después de todo no era sino Zugarramurdi, el mítico pueblo navarro de las brujas, al que me dirigía: localidad prevista para el encuentro con aquel nickname que en días se convirtió en mujer y que en semanas se convirtió en toda una revolución en mi vida.

Mientras me acercaba al misterioso pueblo, hoy más situado en el jolgorio del turismo que en el propio misterio, por mi cabeza sobrevolaban numerosos recuerdos acontecidos en el último trimestre. Aproximadamente un mes había pasado entre que la conocí, al menos virtualmente, hasta que había escuchado su voz por primera vez durante un viaje relámpago que había realizado a España a causa del bautizo de una hija de un familiar. Desde el extranjero, donde radicaba, hasta Barcelona: cuatro escasos días en los que, salvo en lo estrictamente ceremonial que conllevaba aquel acontecimiento socio-religioso, habíamos invertido varias horas diarias de conversación telefónica. Sin ignorar aquel intenso mes de Julio y el consiguiente Agosto, una versión más radicalizada en intensidad que el mes previo.

Las manos seguían sudando y comenzaba a acompañarlas un leve gorgoteo en el estómago que coincidía con la frecuencia con la que comenzaba a ver la palabra “Zugarramurdi” en los carteles de la carretera. Tensé las mandíbulas al volver a mirar hacia mi izquierda y fijarme en que el mítico río desaparecía, siendo substituido por los restos del Valle de Baztan que comenzaba a dejarse ver mostrando todo su característico verdor que, mucho antes que yo, tantas culturas habían observado y que también había sido el telón de fondo de innumerables episodios mitológicos nor-peninsulares.

Eché un ojo a mi derecha, al asiento del copiloto donde había colocado mi teléfono móvil… nada. Apenas un SMS por educación y hacía ya algunos días “¿Cómo va todo?” ella dijo, “Muy bien, saludos a tus padres” había contestado yo… y hasta ahí. Redirigiendo mi mirada a la carretera, apreté los labios en aquel gesto característico de mi rostro con el que exteriorizaba que mi cabeza estaba restando importancia a algo, y seguí conduciendo hasta que… por fin… ¡Zugarramurdi!

Cuando salí del coche, una vez aparcado al tercer intento (malditos nervios…), creo que mi cuerpo se puso en “modo automático” porque simplemente anduve a paso rápido hacia el lugar concreto que había sido apalabrado como punto de encuentro. Ni supe lo que había a mi alrededor, ni cuantas personas, ni cómo eran… repasaba una y mil veces en mi cabeza qué hacer y qué decir en aquel momento concreto en el que nos viésemos por primera vez. Pese a lo que pudiera parecer, yo no era una persona especialmente nerviosa para ese tipo de encuentros ¿qué tiene de arriesgado quedar con una persona? Además ¿por qué nervioso? Después de todo ¿qué podía suponer una simple amiga?

Amiga, amiga, amiga…- Repetí mientras andaba, no sé bien si con la voz o si con la mente.

Me quedé paralizado cuando por fin llegué hasta ella. Sonreí y… ¡me quedé paralizado! Apenas duró un segundo ¡Dios! ¿Pero la habéis visto bien? Reaccioné rápido, agradeciendo los años de experiencia comercial… mi mayor sonrisa, y un abrazo que tal vez se percibió demasiado tímido. Aprovechando que no miraba arqueé las cejas dejando escapar el semblante de sorpresa que mis facciones rabiaban por dibujar desde hacía ya varios segundos… ¡Hey, Hey! Nuevamente la sonrisa cuando la encaré por segunda vez.

Bienvenida… Yo… Disculpa el retraso, el aparcamiento es un desastre…- Reí tímido, mientras mi mano automáticamente se apoyó en el mango de su maleta. -¿Cómo estás? ¿Has comido algo? ¿Se te hizo muy largo el viaje?- Pese a que intentaba que mi tono sonase natural, alegre, confiado… los nervios eran delatados por la continuidad de las preguntas.

-Yo…yo llevaré esto. Tenemos que coger el coche…- Ni en broma iba a tomar el “Sorginak” (Brujas) como lugar de hospedaje. Era un hostal en pleno centro del pueblo, y como era de imaginar por el nombre, muy enfocado al turismo. Por ende, era mucho más caro para la calidad que tenía, y albergaba demasiada variedad de todo tipo de personas. Por el contrario, había seleccionado dos habitaciones… una junto a otra, en un hotel rural a unos diez minutos del pueblo. Era considerablemente más caro que un hostal, tal vez, pero era muy cómodo y muy famoso. Servía de recipiente a turistas de todas las localidades que acariciaban el valle, y por su idiosincrasia y precio, atraía a cierto tipo de turistas cuya presencia tiende a ser mucho menos molesta y menos amiga del botellón, como de hecho me constaba que ocurría en el Sorginak… por experiencia propia…

Conduciendo la maleta y caminando paralela a ella, supongo que por calmar los nervios, me limité a hablar como un loro de Zugarramurdi. Aproveché para contarla la historia del proceso de Zugarramurdi, una versión muy resumida y teñida de mi particular y pegadizo estilo para el relato, en el que una docena de mujeres habían sido acusadas de brujería y condenadas a muerte por la inquisición española. Cité varias fuentes, sin olvidarme por supuesto del mítico Julio Caro Baroja, de quien por cierto, había comprado un libro con motivo de obsequio… que junto a un reproductor MP5, componían mi detalle de post-cumpleaños, pues mi acompañante, acababa de cumplir 24 años hacía tan solo dos semanas. Lógicamente ahorré el dato del libro y me limité a señalar en dirección al Museo de Brujería de Zugarramurdi, el mayor exponente académico existente en la Península Ibérica sobre Brujería e Inquisición.

Tras guardar su maleta en el maletero, pareja a la mía, abrir la puerta del copiloto para que tomase asiento, y adentrarme yo… Finalmente la llave hizo contacto, y el coche bramó con su característico sonido de arranque…

Y todo comenzó así …

31 de Agosto, 12:51 P.M

Estaba nerviosa. Con una bolsa cargada al hombro y la maleta apoyada sobre la pared de piedra de aquel pequeño edificio, esperaba ese momento que durante tantos meses me había imaginado sin descanso. Mi mirada, impaciente y brillante por la emoción, se paseaba entre los rostros de los pocos habitantes que pasaban delante de la Estación Central. ¿Que cómo había llegado hasta ahí? Era necesario remontarse hasta la primavera para encontrar la respuesta de tal pregunta.

La vida se compone de miles de casualidades, de centenares de pequeños e involuntarios actos que propician los acontecimientos, y habían hecho falta millones de ellos para que las cosas hubiesen sucedido de esa manera tan poco propia de la realidad del día a día. Un simple mensaje en el momento adecuado había dado comienzo a aquel viaje lleno de resbalones, de lágrimas y de ansiedad, pero también de felicidad, de sonrisas y de ilusión. ¿Nunca te has preguntado cómo conocerás al amor de tu vida? ¿Nunca te has parado a pensar en qué lugar se cruzarán vuestras miradas? Yo, como típica joven de casi veinticinco años, lo había hecho en más de una ocasión, pero jamás mi imaginación había barajado tal posibilidad. ¿Internet? ¿Un simple foro de discusión? ¡Imposible!

Más de tres mil kilómetros de distancia, una generación de por medio y unas trayectorias completamente diferentes. Grandes obstáculos y, sin embargo, no los más peliagudos por los que habíamos tenido que pasar. Tres llamadas perdidas del que hasta ese momento había sido mi pareja durante más de cinco años y una mirada de tristeza al despedirnos una semana antes eran buena prueba de que la cosa había sido complicada se mirase por donde se mirase. Y ahí estaba… fatigada por el largo viaje en autobús y más nerviosa de lo que jamás había estado.

El chico cuya llegada esperaba representaba, sin lugar a dudas, todo lo que siempre había esperado de una persona. Dulce, amable, cariñoso e inteligente. Cientos eran sus virtudes y más aún las muchas casualidades que le convertían en alguien tan parecido a mí que a veces tenía la sensación de estar hablando con un amigo de toda la vida. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas y millones de segundos… Ese era el tiempo que había transcurrido desde su peculiar saludo- “Ahora no te me escapas”- Hasta que, por fin, nos íbamos a encontrar. 

Cansada de permanecer en esa postura y, sobre todo, por la tensión que atenazaba cada músculo de mi cuerpo, comencé a caminar en pequeños círculos sin perder de vista mi maleta. Era mi primer viaje en solitario y, para más emoción, era la primera vez que me iba a ver con ese chico al que le había regalado palabras tan contundentes como nuevas en mí. “Te amo” Sabía que estaba mal, sabía que ambos teníamos compromisos con otras personas y, lo que más me carcomía, sabía que todo podía salir terriblemente mal y terminar por perderle, pero… Había algo que tiraba de mi sin remedio. ¿Qué hacer cuando una vocecita en tu cabeza te repite una y otra vez que si no das el siguiente paso te arrepentirás toda la vida? Evidentemente, obedecer.

Había llegado el momento…

Tres meses…

Dos mil ciento sesenta horas…

Y por fin le veía a lo lejos…