Mes: enero 2014

Y todo comenzó así III

Los latidos de mi corazón aumentaron el ritmo a cada paso que él daba en mi dirección. En el preciso instante en el que nuestras miradas se cruzaron tuve la sensación de que todo lo de mi alrededor se había detenido sin visos de volver a ponerse en marcha. Las conversaciones de los transeúntes se convirtieron en un mero susurro casi comparable con la suave brisa que atusaba varios mechones de mi rebelde cabello y, el ruido de los pocos coches que cruzaban la arenosa calzada cayeron en el olvido como, si ahí y en ese preciso instante, solo existiesen esos ojos oscuros que me miraban con una expresión indescifrable. Carraspeé, al igual que hacía siempre que me ponía nerviosa, y bajé la mirada. La timidez, tan propia de mí en situaciones como aquella, se tradujo en un intenso calor alojado en mis mejillas y en un temblor que por poco me pone en evidencia. Después de tantas horas de conversación y de tanta intimidad creada, por fin le tenía a menos de un metro de distancia. Era alto, mucho más de lo que había podido adivinar a la luz de la foto que me había remitido pocos días antes y su semblante, tan serio como me había imaginado, poco dejaba entrever sobre sus pensamientos. ¿Cuál había sido su primera impresión? ¿Se arrepentía ya de haber aceptado la reunión de unos pocos días? Esas habían sido preguntas que me habían estado atormentando desde que aquel encuentro había pasado de una mera ilusión en mi cabeza para convertirse en una realidad palpable. Un abrazo torpe, casi tímido, fue el que puso fin a más de tres mil kilómetros de distancia.

No… No te preocupes-mostré la mayor de mis sonrisas, esas que solo hacen  acto de presencia cuando la calma brilla por su ausencia- He llegado hace menos de cinco minutos.-Las preguntas comenzaron a volar a tal velocidad que, por los nervios, estuve segura de haberme olvidado de la mayoría de ellas antes de encontrar la respuesta adecuada. Me limité a mantener la mirada en los “apasionantes” adoquines y me encogí de hombros- Todo muy bien. ¿Y tú? 

Uno al lado del otro, como si fuéramos dos viejos amigos, comenzamos a caminar hacia el lugar donde se encontraba el coche. Las palabras se escapaban de sus labios sin darme tiempo a contestar, hecho que agradecí enormemente, por lo que permanecí en silencio tratando de procesar toda aquella información. Y me costó, pero no por la complejidad o la cantidad de la misma, sino porque la curiosidad que sentía por estudiar cada expresión de su rostro (ese que me había sido vedado durante largos meses) era tan grande que me distraía con facilidad. Pronto descubrí lo mucho que me gustaba esa particular manera que tenía de mirarme de reojo o esa pequeña mueca que se le dibujaba al sonreír de lado. Unas facciones desconocidas para alguien a quien sentía conocer de toda la vida. Difícil de comprender ¿Verdad? Desde ese 10 de junio que parecía tan lejano -cuando en realidad no habían pasado ni tres meses- todo lo que nos había rodeado se había podido catalogar de ilógico.  ¿Acaso no parecía sacado del guión de una película de Hollywood o de un libro capaz de arrancar más de un suspiro adolescente? No eran pocas las ocasiones en las que habíamos bromeado con el detalle y ahora, observándole mientras metía mi pesada maleta en el coche, pude corroborarlo una vez más.

Zugarramurdi. Tierra de brujas y, sobre todo, tierra de misterios. Era la primera vez que pisaba aquella parte del país y todo hubiese llamado poderosamente mi atención de no haber estado concentrada en algo mucho más importante para mi: ese chico que se acababa de sentar en el asiento del conductor con claros signos de un nerviosismo dificil de controlar que, irónicamente, obró un efecto calmante en los propios. Parecíamos dos adolescentes pues cada paso que dábamos, cada palabra que salía de nuestros labios buscaba la aprobación en el contrario como si aquel fuese un baile al que no estábamos acostumbrados. ¡Y claro que no lo estábamos! Apoyé el codo en el reposa brazos mas lo aparté en el preciso  instante en el que sentí como su piel rozaba la mía en un contacto que se me antojó demasiado temprano. “¡Calma, chica! No te va a morder… Le has dicho que le amas, le has contado toda vida. ¿Acaso ahora te da vergüenza que pueda tocarte? Relájate un poco o se dará cuenta de lo boba que eres” La vocecita en mi cabeza, tan crítica y cabal como siempre, logró poner un poco de cordura en mi, lo que me permitió seguir observándole mientras, más concentrado en la carretera que en mi, arracancaba el coche con dirección a la casa rural donde nos íbamos a hospedar. Dos habitaciones. Una al lado de la otra o, lo que es lo mismo, una simple pared de distancia. Acostumbrada como estaba a que fueran varios países los que se ponían entre medias de los dos, aquellas cuantas piedras amontonadas unas encima de las otras se me antojabas ridículas. ¡Era casi como si compartiésemos cuarto! Volví a carraspear e inspiré para tomar la palabra.

¿Sabes si hay cobertura allá? Tendría que llamar a mi madre para que sepa que he llegado bien-murmuré bajando la mirada justo antes de que se volviese a cruzar con la ajena. En otra ocasión, con otra persona y en otras circunstancias, la evidente necesidad de llamarla me habría resultado un tanto vergonzosa pues ¿qué chica de veinticuatro años se encuentra tan unida a su progenitora? Pero no, con él las cosas eran diferentes… En su presencia siempre había podido ser yo misma sin temor a juicios o a críticas veladas. Curiosamente, lo que solía parecer negativo a la gente normal, con él se volvía algo digno de cuidar y proteger. Tomé el móvil y, ceñuda, comprobé que en una zona tan apartada no había red.-Bueno, al llegar lo miro mejor– Otra sonrisa nerviosa- ¿Tienes pensado qué hacer ésta tarde? Siempre dices que se te da mejor improvisar, pero algo tendrás en mente ¿no?

Silencio. Ese era el mayor miedo que me cruzaba la cabeza mientras, aparentando tranquilidad, observaba los paisajes verdes y montañosos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cuando estaba nerviosa o en una situación nueva el silencio era mi peor enemigo pues, ansiosa por combatirlo, comenzaba a decir cosas sin ton ni son. Me mordí el labio inferior antes de girar la cabeza en su dirección instantes antes de que el coche hiciera lo propio para desviarse por un camino pedregoso que anunciaba la pronta llegada al destino.

Laura estaba como loca con este viaje-comenté, haciendo referencia a una amiga en común- Me ha pedido que le mandemos algún video para darle un poquito de envidia.

Tal y como había previsto, la velocidad pronto se redujo hasta terminar aparcando en el extremo derecho de una fila de pocos vehículos más. La casa rural, de piedra obviamente y con un bonito tejado de madera, se parecía mucho a la que había estado dibujando en mi mente los días de antes. De dimensiones reducidas, rodeada de árboles y con ese aire misterioso que, por lo que había comprobado, impregnaba todo el pueblo. “Muy de brujas, claro” El aire fresco, inusual para unas fechas tan avanzadas del verano, me azotó el rostro al abrir la puerta y me hizo sonreír. En silencio, sin apartar la mirada del suelo mientras cargaba con mi bolso de mano, le seguí hasta una cuca recepción donde una mujer de sonrisa amable y rollizas proporciones nos esperaba.

Y todo comenzó así II

 31 de Agosto, 12:51h

¿Y por qué diablos me sudaban tanto las manos? Sentía la incomodidad del tacto con el cuero del volante con aquellas sudadas manos en un día en el que el calor, pese a ser patente, no era tan exagerado. Más despacio de lo normal, conducía por aquella vieja carretera dejando que el Bidasoa se dejase ver a mi izquierda, tal vez para posar de vez en cuando mis ojos en su relajante imagen… tal vez por una reacción inconsciente de no estar haciendo del todo lo correcto. No había, a simple vista, nada malo en lo que iba a hacer ¿Qué era, después de todo, quedar con una amistad para visitar una localidad con historia de interés común? El hecho de su género importaba poco ¿o es que la sociedad no había evolucionado de la Europa victoriana? Mi mente, una y otra vez, repetía ese argumento pretendidamente inyectado de toda lógica y madurez para acallar una conciencia incesantemente protestante; que sabía, como de hecho era cierto, que tras ese encuentro aparentemente normal existía un sentimiento tan poco apropiado, debido a nuestras respectivas situaciones, como también inevitable.

Sasi guztien gainetik eta odei guztien azpitik…– (“Por encima de todas las zarzas y por debajo de todas las nubes) tarareé entre susurros mientras me movía inquieto sobre el respaldo del asiento del coche, el tradicional cántico que presuntamente las brujas recitaban instantes antes de echar a volar, previa aplicación de ungüentos extraños. Pues, después de todo no era sino Zugarramurdi, el mítico pueblo navarro de las brujas, al que me dirigía: localidad prevista para el encuentro con aquel nickname que en días se convirtió en mujer y que en semanas se convirtió en toda una revolución en mi vida.

Mientras me acercaba al misterioso pueblo, hoy más situado en el jolgorio del turismo que en el propio misterio, por mi cabeza sobrevolaban numerosos recuerdos acontecidos en el último trimestre. Aproximadamente un mes había pasado entre que la conocí, al menos virtualmente, hasta que había escuchado su voz por primera vez durante un viaje relámpago que había realizado a España a causa del bautizo de una hija de un familiar. Desde el extranjero, donde radicaba, hasta Barcelona: cuatro escasos días en los que, salvo en lo estrictamente ceremonial que conllevaba aquel acontecimiento socio-religioso, habíamos invertido varias horas diarias de conversación telefónica. Sin ignorar aquel intenso mes de Julio y el consiguiente Agosto, una versión más radicalizada en intensidad que el mes previo.

Las manos seguían sudando y comenzaba a acompañarlas un leve gorgoteo en el estómago que coincidía con la frecuencia con la que comenzaba a ver la palabra “Zugarramurdi” en los carteles de la carretera. Tensé las mandíbulas al volver a mirar hacia mi izquierda y fijarme en que el mítico río desaparecía, siendo substituido por los restos del Valle de Baztan que comenzaba a dejarse ver mostrando todo su característico verdor que, mucho antes que yo, tantas culturas habían observado y que también había sido el telón de fondo de innumerables episodios mitológicos nor-peninsulares.

Eché un ojo a mi derecha, al asiento del copiloto donde había colocado mi teléfono móvil… nada. Apenas un SMS por educación y hacía ya algunos días “¿Cómo va todo?” ella dijo, “Muy bien, saludos a tus padres” había contestado yo… y hasta ahí. Redirigiendo mi mirada a la carretera, apreté los labios en aquel gesto característico de mi rostro con el que exteriorizaba que mi cabeza estaba restando importancia a algo, y seguí conduciendo hasta que… por fin… ¡Zugarramurdi!

Cuando salí del coche, una vez aparcado al tercer intento (malditos nervios…), creo que mi cuerpo se puso en “modo automático” porque simplemente anduve a paso rápido hacia el lugar concreto que había sido apalabrado como punto de encuentro. Ni supe lo que había a mi alrededor, ni cuantas personas, ni cómo eran… repasaba una y mil veces en mi cabeza qué hacer y qué decir en aquel momento concreto en el que nos viésemos por primera vez. Pese a lo que pudiera parecer, yo no era una persona especialmente nerviosa para ese tipo de encuentros ¿qué tiene de arriesgado quedar con una persona? Además ¿por qué nervioso? Después de todo ¿qué podía suponer una simple amiga?

Amiga, amiga, amiga…- Repetí mientras andaba, no sé bien si con la voz o si con la mente.

Me quedé paralizado cuando por fin llegué hasta ella. Sonreí y… ¡me quedé paralizado! Apenas duró un segundo ¡Dios! ¿Pero la habéis visto bien? Reaccioné rápido, agradeciendo los años de experiencia comercial… mi mayor sonrisa, y un abrazo que tal vez se percibió demasiado tímido. Aprovechando que no miraba arqueé las cejas dejando escapar el semblante de sorpresa que mis facciones rabiaban por dibujar desde hacía ya varios segundos… ¡Hey, Hey! Nuevamente la sonrisa cuando la encaré por segunda vez.

Bienvenida… Yo… Disculpa el retraso, el aparcamiento es un desastre…- Reí tímido, mientras mi mano automáticamente se apoyó en el mango de su maleta. -¿Cómo estás? ¿Has comido algo? ¿Se te hizo muy largo el viaje?- Pese a que intentaba que mi tono sonase natural, alegre, confiado… los nervios eran delatados por la continuidad de las preguntas.

-Yo…yo llevaré esto. Tenemos que coger el coche…- Ni en broma iba a tomar el “Sorginak” (Brujas) como lugar de hospedaje. Era un hostal en pleno centro del pueblo, y como era de imaginar por el nombre, muy enfocado al turismo. Por ende, era mucho más caro para la calidad que tenía, y albergaba demasiada variedad de todo tipo de personas. Por el contrario, había seleccionado dos habitaciones… una junto a otra, en un hotel rural a unos diez minutos del pueblo. Era considerablemente más caro que un hostal, tal vez, pero era muy cómodo y muy famoso. Servía de recipiente a turistas de todas las localidades que acariciaban el valle, y por su idiosincrasia y precio, atraía a cierto tipo de turistas cuya presencia tiende a ser mucho menos molesta y menos amiga del botellón, como de hecho me constaba que ocurría en el Sorginak… por experiencia propia…

Conduciendo la maleta y caminando paralela a ella, supongo que por calmar los nervios, me limité a hablar como un loro de Zugarramurdi. Aproveché para contarla la historia del proceso de Zugarramurdi, una versión muy resumida y teñida de mi particular y pegadizo estilo para el relato, en el que una docena de mujeres habían sido acusadas de brujería y condenadas a muerte por la inquisición española. Cité varias fuentes, sin olvidarme por supuesto del mítico Julio Caro Baroja, de quien por cierto, había comprado un libro con motivo de obsequio… que junto a un reproductor MP5, componían mi detalle de post-cumpleaños, pues mi acompañante, acababa de cumplir 24 años hacía tan solo dos semanas. Lógicamente ahorré el dato del libro y me limité a señalar en dirección al Museo de Brujería de Zugarramurdi, el mayor exponente académico existente en la Península Ibérica sobre Brujería e Inquisición.

Tras guardar su maleta en el maletero, pareja a la mía, abrir la puerta del copiloto para que tomase asiento, y adentrarme yo… Finalmente la llave hizo contacto, y el coche bramó con su característico sonido de arranque…

Y todo comenzó así …

31 de Agosto, 12:51 P.M

Estaba nerviosa. Con una bolsa cargada al hombro y la maleta apoyada sobre la pared de piedra de aquel pequeño edificio, esperaba ese momento que durante tantos meses me había imaginado sin descanso. Mi mirada, impaciente y brillante por la emoción, se paseaba entre los rostros de los pocos habitantes que pasaban delante de la Estación Central. ¿Que cómo había llegado hasta ahí? Era necesario remontarse hasta la primavera para encontrar la respuesta de tal pregunta.

La vida se compone de miles de casualidades, de centenares de pequeños e involuntarios actos que propician los acontecimientos, y habían hecho falta millones de ellos para que las cosas hubiesen sucedido de esa manera tan poco propia de la realidad del día a día. Un simple mensaje en el momento adecuado había dado comienzo a aquel viaje lleno de resbalones, de lágrimas y de ansiedad, pero también de felicidad, de sonrisas y de ilusión. ¿Nunca te has preguntado cómo conocerás al amor de tu vida? ¿Nunca te has parado a pensar en qué lugar se cruzarán vuestras miradas? Yo, como típica joven de casi veinticinco años, lo había hecho en más de una ocasión, pero jamás mi imaginación había barajado tal posibilidad. ¿Internet? ¿Un simple foro de discusión? ¡Imposible!

Más de tres mil kilómetros de distancia, una generación de por medio y unas trayectorias completamente diferentes. Grandes obstáculos y, sin embargo, no los más peliagudos por los que habíamos tenido que pasar. Tres llamadas perdidas del que hasta ese momento había sido mi pareja durante más de cinco años y una mirada de tristeza al despedirnos una semana antes eran buena prueba de que la cosa había sido complicada se mirase por donde se mirase. Y ahí estaba… fatigada por el largo viaje en autobús y más nerviosa de lo que jamás había estado.

El chico cuya llegada esperaba representaba, sin lugar a dudas, todo lo que siempre había esperado de una persona. Dulce, amable, cariñoso e inteligente. Cientos eran sus virtudes y más aún las muchas casualidades que le convertían en alguien tan parecido a mí que a veces tenía la sensación de estar hablando con un amigo de toda la vida. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas y millones de segundos… Ese era el tiempo que había transcurrido desde su peculiar saludo- “Ahora no te me escapas”- Hasta que, por fin, nos íbamos a encontrar. 

Cansada de permanecer en esa postura y, sobre todo, por la tensión que atenazaba cada músculo de mi cuerpo, comencé a caminar en pequeños círculos sin perder de vista mi maleta. Era mi primer viaje en solitario y, para más emoción, era la primera vez que me iba a ver con ese chico al que le había regalado palabras tan contundentes como nuevas en mí. “Te amo” Sabía que estaba mal, sabía que ambos teníamos compromisos con otras personas y, lo que más me carcomía, sabía que todo podía salir terriblemente mal y terminar por perderle, pero… Había algo que tiraba de mi sin remedio. ¿Qué hacer cuando una vocecita en tu cabeza te repite una y otra vez que si no das el siguiente paso te arrepentirás toda la vida? Evidentemente, obedecer.

Había llegado el momento…

Tres meses…

Dos mil ciento sesenta horas…

Y por fin le veía a lo lejos…