Y todo comenzó así …

31 de Agosto, 12:51 P.M

Estaba nerviosa. Con una bolsa cargada al hombro y la maleta apoyada sobre la pared de piedra de aquel pequeño edificio, esperaba ese momento que durante tantos meses me había imaginado sin descanso. Mi mirada, impaciente y brillante por la emoción, se paseaba entre los rostros de los pocos habitantes que pasaban delante de la Estación Central. ¿Que cómo había llegado hasta ahí? Era necesario remontarse hasta la primavera para encontrar la respuesta de tal pregunta.

La vida se compone de miles de casualidades, de centenares de pequeños e involuntarios actos que propician los acontecimientos, y habían hecho falta millones de ellos para que las cosas hubiesen sucedido de esa manera tan poco propia de la realidad del día a día. Un simple mensaje en el momento adecuado había dado comienzo a aquel viaje lleno de resbalones, de lágrimas y de ansiedad, pero también de felicidad, de sonrisas y de ilusión. ¿Nunca te has preguntado cómo conocerás al amor de tu vida? ¿Nunca te has parado a pensar en qué lugar se cruzarán vuestras miradas? Yo, como típica joven de casi veinticinco años, lo había hecho en más de una ocasión, pero jamás mi imaginación había barajado tal posibilidad. ¿Internet? ¿Un simple foro de discusión? ¡Imposible!

Más de tres mil kilómetros de distancia, una generación de por medio y unas trayectorias completamente diferentes. Grandes obstáculos y, sin embargo, no los más peliagudos por los que habíamos tenido que pasar. Tres llamadas perdidas del que hasta ese momento había sido mi pareja durante más de cinco años y una mirada de tristeza al despedirnos una semana antes eran buena prueba de que la cosa había sido complicada se mirase por donde se mirase. Y ahí estaba… fatigada por el largo viaje en autobús y más nerviosa de lo que jamás había estado.

El chico cuya llegada esperaba representaba, sin lugar a dudas, todo lo que siempre había esperado de una persona. Dulce, amable, cariñoso e inteligente. Cientos eran sus virtudes y más aún las muchas casualidades que le convertían en alguien tan parecido a mí que a veces tenía la sensación de estar hablando con un amigo de toda la vida. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas y millones de segundos… Ese era el tiempo que había transcurrido desde su peculiar saludo- “Ahora no te me escapas”- Hasta que, por fin, nos íbamos a encontrar. 

Cansada de permanecer en esa postura y, sobre todo, por la tensión que atenazaba cada músculo de mi cuerpo, comencé a caminar en pequeños círculos sin perder de vista mi maleta. Era mi primer viaje en solitario y, para más emoción, era la primera vez que me iba a ver con ese chico al que le había regalado palabras tan contundentes como nuevas en mí. “Te amo” Sabía que estaba mal, sabía que ambos teníamos compromisos con otras personas y, lo que más me carcomía, sabía que todo podía salir terriblemente mal y terminar por perderle, pero… Había algo que tiraba de mi sin remedio. ¿Qué hacer cuando una vocecita en tu cabeza te repite una y otra vez que si no das el siguiente paso te arrepentirás toda la vida? Evidentemente, obedecer.

Había llegado el momento…

Tres meses…

Dos mil ciento sesenta horas…

Y por fin le veía a lo lejos…

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