Y todo comenzó así II

 31 de Agosto, 12:51h

¿Y por qué diablos me sudaban tanto las manos? Sentía la incomodidad del tacto con el cuero del volante con aquellas sudadas manos en un día en el que el calor, pese a ser patente, no era tan exagerado. Más despacio de lo normal, conducía por aquella vieja carretera dejando que el Bidasoa se dejase ver a mi izquierda, tal vez para posar de vez en cuando mis ojos en su relajante imagen… tal vez por una reacción inconsciente de no estar haciendo del todo lo correcto. No había, a simple vista, nada malo en lo que iba a hacer ¿Qué era, después de todo, quedar con una amistad para visitar una localidad con historia de interés común? El hecho de su género importaba poco ¿o es que la sociedad no había evolucionado de la Europa victoriana? Mi mente, una y otra vez, repetía ese argumento pretendidamente inyectado de toda lógica y madurez para acallar una conciencia incesantemente protestante; que sabía, como de hecho era cierto, que tras ese encuentro aparentemente normal existía un sentimiento tan poco apropiado, debido a nuestras respectivas situaciones, como también inevitable.

Sasi guztien gainetik eta odei guztien azpitik…– (“Por encima de todas las zarzas y por debajo de todas las nubes) tarareé entre susurros mientras me movía inquieto sobre el respaldo del asiento del coche, el tradicional cántico que presuntamente las brujas recitaban instantes antes de echar a volar, previa aplicación de ungüentos extraños. Pues, después de todo no era sino Zugarramurdi, el mítico pueblo navarro de las brujas, al que me dirigía: localidad prevista para el encuentro con aquel nickname que en días se convirtió en mujer y que en semanas se convirtió en toda una revolución en mi vida.

Mientras me acercaba al misterioso pueblo, hoy más situado en el jolgorio del turismo que en el propio misterio, por mi cabeza sobrevolaban numerosos recuerdos acontecidos en el último trimestre. Aproximadamente un mes había pasado entre que la conocí, al menos virtualmente, hasta que había escuchado su voz por primera vez durante un viaje relámpago que había realizado a España a causa del bautizo de una hija de un familiar. Desde el extranjero, donde radicaba, hasta Barcelona: cuatro escasos días en los que, salvo en lo estrictamente ceremonial que conllevaba aquel acontecimiento socio-religioso, habíamos invertido varias horas diarias de conversación telefónica. Sin ignorar aquel intenso mes de Julio y el consiguiente Agosto, una versión más radicalizada en intensidad que el mes previo.

Las manos seguían sudando y comenzaba a acompañarlas un leve gorgoteo en el estómago que coincidía con la frecuencia con la que comenzaba a ver la palabra “Zugarramurdi” en los carteles de la carretera. Tensé las mandíbulas al volver a mirar hacia mi izquierda y fijarme en que el mítico río desaparecía, siendo substituido por los restos del Valle de Baztan que comenzaba a dejarse ver mostrando todo su característico verdor que, mucho antes que yo, tantas culturas habían observado y que también había sido el telón de fondo de innumerables episodios mitológicos nor-peninsulares.

Eché un ojo a mi derecha, al asiento del copiloto donde había colocado mi teléfono móvil… nada. Apenas un SMS por educación y hacía ya algunos días “¿Cómo va todo?” ella dijo, “Muy bien, saludos a tus padres” había contestado yo… y hasta ahí. Redirigiendo mi mirada a la carretera, apreté los labios en aquel gesto característico de mi rostro con el que exteriorizaba que mi cabeza estaba restando importancia a algo, y seguí conduciendo hasta que… por fin… ¡Zugarramurdi!

Cuando salí del coche, una vez aparcado al tercer intento (malditos nervios…), creo que mi cuerpo se puso en “modo automático” porque simplemente anduve a paso rápido hacia el lugar concreto que había sido apalabrado como punto de encuentro. Ni supe lo que había a mi alrededor, ni cuantas personas, ni cómo eran… repasaba una y mil veces en mi cabeza qué hacer y qué decir en aquel momento concreto en el que nos viésemos por primera vez. Pese a lo que pudiera parecer, yo no era una persona especialmente nerviosa para ese tipo de encuentros ¿qué tiene de arriesgado quedar con una persona? Además ¿por qué nervioso? Después de todo ¿qué podía suponer una simple amiga?

Amiga, amiga, amiga…- Repetí mientras andaba, no sé bien si con la voz o si con la mente.

Me quedé paralizado cuando por fin llegué hasta ella. Sonreí y… ¡me quedé paralizado! Apenas duró un segundo ¡Dios! ¿Pero la habéis visto bien? Reaccioné rápido, agradeciendo los años de experiencia comercial… mi mayor sonrisa, y un abrazo que tal vez se percibió demasiado tímido. Aprovechando que no miraba arqueé las cejas dejando escapar el semblante de sorpresa que mis facciones rabiaban por dibujar desde hacía ya varios segundos… ¡Hey, Hey! Nuevamente la sonrisa cuando la encaré por segunda vez.

Bienvenida… Yo… Disculpa el retraso, el aparcamiento es un desastre…- Reí tímido, mientras mi mano automáticamente se apoyó en el mango de su maleta. -¿Cómo estás? ¿Has comido algo? ¿Se te hizo muy largo el viaje?- Pese a que intentaba que mi tono sonase natural, alegre, confiado… los nervios eran delatados por la continuidad de las preguntas.

-Yo…yo llevaré esto. Tenemos que coger el coche…- Ni en broma iba a tomar el “Sorginak” (Brujas) como lugar de hospedaje. Era un hostal en pleno centro del pueblo, y como era de imaginar por el nombre, muy enfocado al turismo. Por ende, era mucho más caro para la calidad que tenía, y albergaba demasiada variedad de todo tipo de personas. Por el contrario, había seleccionado dos habitaciones… una junto a otra, en un hotel rural a unos diez minutos del pueblo. Era considerablemente más caro que un hostal, tal vez, pero era muy cómodo y muy famoso. Servía de recipiente a turistas de todas las localidades que acariciaban el valle, y por su idiosincrasia y precio, atraía a cierto tipo de turistas cuya presencia tiende a ser mucho menos molesta y menos amiga del botellón, como de hecho me constaba que ocurría en el Sorginak… por experiencia propia…

Conduciendo la maleta y caminando paralela a ella, supongo que por calmar los nervios, me limité a hablar como un loro de Zugarramurdi. Aproveché para contarla la historia del proceso de Zugarramurdi, una versión muy resumida y teñida de mi particular y pegadizo estilo para el relato, en el que una docena de mujeres habían sido acusadas de brujería y condenadas a muerte por la inquisición española. Cité varias fuentes, sin olvidarme por supuesto del mítico Julio Caro Baroja, de quien por cierto, había comprado un libro con motivo de obsequio… que junto a un reproductor MP5, componían mi detalle de post-cumpleaños, pues mi acompañante, acababa de cumplir 24 años hacía tan solo dos semanas. Lógicamente ahorré el dato del libro y me limité a señalar en dirección al Museo de Brujería de Zugarramurdi, el mayor exponente académico existente en la Península Ibérica sobre Brujería e Inquisición.

Tras guardar su maleta en el maletero, pareja a la mía, abrir la puerta del copiloto para que tomase asiento, y adentrarme yo… Finalmente la llave hizo contacto, y el coche bramó con su característico sonido de arranque…

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