Y todo comenzó así III

Los latidos de mi corazón aumentaron el ritmo a cada paso que él daba en mi dirección. En el preciso instante en el que nuestras miradas se cruzaron tuve la sensación de que todo lo de mi alrededor se había detenido sin visos de volver a ponerse en marcha. Las conversaciones de los transeúntes se convirtieron en un mero susurro casi comparable con la suave brisa que atusaba varios mechones de mi rebelde cabello y, el ruido de los pocos coches que cruzaban la arenosa calzada cayeron en el olvido como, si ahí y en ese preciso instante, solo existiesen esos ojos oscuros que me miraban con una expresión indescifrable. Carraspeé, al igual que hacía siempre que me ponía nerviosa, y bajé la mirada. La timidez, tan propia de mí en situaciones como aquella, se tradujo en un intenso calor alojado en mis mejillas y en un temblor que por poco me pone en evidencia. Después de tantas horas de conversación y de tanta intimidad creada, por fin le tenía a menos de un metro de distancia. Era alto, mucho más de lo que había podido adivinar a la luz de la foto que me había remitido pocos días antes y su semblante, tan serio como me había imaginado, poco dejaba entrever sobre sus pensamientos. ¿Cuál había sido su primera impresión? ¿Se arrepentía ya de haber aceptado la reunión de unos pocos días? Esas habían sido preguntas que me habían estado atormentando desde que aquel encuentro había pasado de una mera ilusión en mi cabeza para convertirse en una realidad palpable. Un abrazo torpe, casi tímido, fue el que puso fin a más de tres mil kilómetros de distancia.

No… No te preocupes-mostré la mayor de mis sonrisas, esas que solo hacen  acto de presencia cuando la calma brilla por su ausencia- He llegado hace menos de cinco minutos.-Las preguntas comenzaron a volar a tal velocidad que, por los nervios, estuve segura de haberme olvidado de la mayoría de ellas antes de encontrar la respuesta adecuada. Me limité a mantener la mirada en los “apasionantes” adoquines y me encogí de hombros- Todo muy bien. ¿Y tú? 

Uno al lado del otro, como si fuéramos dos viejos amigos, comenzamos a caminar hacia el lugar donde se encontraba el coche. Las palabras se escapaban de sus labios sin darme tiempo a contestar, hecho que agradecí enormemente, por lo que permanecí en silencio tratando de procesar toda aquella información. Y me costó, pero no por la complejidad o la cantidad de la misma, sino porque la curiosidad que sentía por estudiar cada expresión de su rostro (ese que me había sido vedado durante largos meses) era tan grande que me distraía con facilidad. Pronto descubrí lo mucho que me gustaba esa particular manera que tenía de mirarme de reojo o esa pequeña mueca que se le dibujaba al sonreír de lado. Unas facciones desconocidas para alguien a quien sentía conocer de toda la vida. Difícil de comprender ¿Verdad? Desde ese 10 de junio que parecía tan lejano -cuando en realidad no habían pasado ni tres meses- todo lo que nos había rodeado se había podido catalogar de ilógico.  ¿Acaso no parecía sacado del guión de una película de Hollywood o de un libro capaz de arrancar más de un suspiro adolescente? No eran pocas las ocasiones en las que habíamos bromeado con el detalle y ahora, observándole mientras metía mi pesada maleta en el coche, pude corroborarlo una vez más.

Zugarramurdi. Tierra de brujas y, sobre todo, tierra de misterios. Era la primera vez que pisaba aquella parte del país y todo hubiese llamado poderosamente mi atención de no haber estado concentrada en algo mucho más importante para mi: ese chico que se acababa de sentar en el asiento del conductor con claros signos de un nerviosismo dificil de controlar que, irónicamente, obró un efecto calmante en los propios. Parecíamos dos adolescentes pues cada paso que dábamos, cada palabra que salía de nuestros labios buscaba la aprobación en el contrario como si aquel fuese un baile al que no estábamos acostumbrados. ¡Y claro que no lo estábamos! Apoyé el codo en el reposa brazos mas lo aparté en el preciso  instante en el que sentí como su piel rozaba la mía en un contacto que se me antojó demasiado temprano. “¡Calma, chica! No te va a morder… Le has dicho que le amas, le has contado toda vida. ¿Acaso ahora te da vergüenza que pueda tocarte? Relájate un poco o se dará cuenta de lo boba que eres” La vocecita en mi cabeza, tan crítica y cabal como siempre, logró poner un poco de cordura en mi, lo que me permitió seguir observándole mientras, más concentrado en la carretera que en mi, arracancaba el coche con dirección a la casa rural donde nos íbamos a hospedar. Dos habitaciones. Una al lado de la otra o, lo que es lo mismo, una simple pared de distancia. Acostumbrada como estaba a que fueran varios países los que se ponían entre medias de los dos, aquellas cuantas piedras amontonadas unas encima de las otras se me antojabas ridículas. ¡Era casi como si compartiésemos cuarto! Volví a carraspear e inspiré para tomar la palabra.

¿Sabes si hay cobertura allá? Tendría que llamar a mi madre para que sepa que he llegado bien-murmuré bajando la mirada justo antes de que se volviese a cruzar con la ajena. En otra ocasión, con otra persona y en otras circunstancias, la evidente necesidad de llamarla me habría resultado un tanto vergonzosa pues ¿qué chica de veinticuatro años se encuentra tan unida a su progenitora? Pero no, con él las cosas eran diferentes… En su presencia siempre había podido ser yo misma sin temor a juicios o a críticas veladas. Curiosamente, lo que solía parecer negativo a la gente normal, con él se volvía algo digno de cuidar y proteger. Tomé el móvil y, ceñuda, comprobé que en una zona tan apartada no había red.-Bueno, al llegar lo miro mejor– Otra sonrisa nerviosa- ¿Tienes pensado qué hacer ésta tarde? Siempre dices que se te da mejor improvisar, pero algo tendrás en mente ¿no?

Silencio. Ese era el mayor miedo que me cruzaba la cabeza mientras, aparentando tranquilidad, observaba los paisajes verdes y montañosos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cuando estaba nerviosa o en una situación nueva el silencio era mi peor enemigo pues, ansiosa por combatirlo, comenzaba a decir cosas sin ton ni son. Me mordí el labio inferior antes de girar la cabeza en su dirección instantes antes de que el coche hiciera lo propio para desviarse por un camino pedregoso que anunciaba la pronta llegada al destino.

Laura estaba como loca con este viaje-comenté, haciendo referencia a una amiga en común- Me ha pedido que le mandemos algún video para darle un poquito de envidia.

Tal y como había previsto, la velocidad pronto se redujo hasta terminar aparcando en el extremo derecho de una fila de pocos vehículos más. La casa rural, de piedra obviamente y con un bonito tejado de madera, se parecía mucho a la que había estado dibujando en mi mente los días de antes. De dimensiones reducidas, rodeada de árboles y con ese aire misterioso que, por lo que había comprobado, impregnaba todo el pueblo. “Muy de brujas, claro” El aire fresco, inusual para unas fechas tan avanzadas del verano, me azotó el rostro al abrir la puerta y me hizo sonreír. En silencio, sin apartar la mirada del suelo mientras cargaba con mi bolso de mano, le seguí hasta una cuca recepción donde una mujer de sonrisa amable y rollizas proporciones nos esperaba.

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