Mes: febrero 2014

Y todo comenzó así V

Con un leve portazo gracias a mi talón me encontré sola en cuarto que me había tocado. Mi corazón, todavía nervioso por el pequeño susto que nos acababa de dar la recepcionista al decir “una habitación doble”, comenzó a latir con cierta normalidad al verme lejos de su mirada. Habíamos planeado aquel encuentro durante más de dos semanas y, aun así, me sentía como si todo aquello se hubiese presentado de repente ante mis ojos. Primeros de Mayo… A penas unos cuantos meses que, en cambio, se asemejaban más a una vida entera. ¿Qué quedaba de esa chica insegura y manipulable que se había fijado en él? Bueno, a juzgar por el temblor de mis manos al posar la maleta sobre la cama, pocos dirían que la inseguridad había desaparecido, e incluso yo misma sabía que aún tenía muchas cosas que mejorar, pero de tontos habría sido negar el evidente cambio que toda mi existencia había experimentado tras su llegada.  Él tenía la habilidad de que un día pareciese un mes y que, varios meses se me antojasen unos cuantos años pues… ¿de qué otra manera se podría explicar ese grado de complicidad que sentíamos? Más allá de una fachada pintada de simpatía y cercanía, me consideraba una persona bastante desconfiada llegados a ciertos puntos y, sin embargo, a pesar de lo extraño de las circunstancias, podía decir que contaba con mi confianza en grados tales que me avergonzaba reconocer.

Nerviosa, sin saber muy bien qué iba a suceder en las próximas horas, busqué mi teléfono movil con la única intención de hacer una llamada rápida con la que tranquilizar a mi madre. No me dolía reconocer que aquel era mi primer viaje en solitario (dejando a un lado simples trayectos en los que o bien un familiar o bien alguna amistad íntima me estaba esperando) y, obviamente, la novedad siempre trae ciertos temores. ¿Y si no se presentaba? Esa duda ya había sido desmontada. Pero… ¿Y si no congeníabamos tan bien como con más de tres mil kilómetros de distancia? ¿Y si los temas de conversación se acababan? ¿Y si…

¡Mamá! Hola– la voz de la mujer al otro lado de la línea interrumpió de manera abrupta mi tenso hilo de pensamientos-Acabo de llegar al hotel… Si, si… el viaje un poco largo pero bien… Ajá… Si, está dejando las cosas y ahora iremos a comer… Si… ¿Y vosotros?… Perfecto. Por aquí un poco nublado… Si, por la noche te mando un mensaje… Pasadlo bien… Vale, vale… Un beso.

Listo. Una cosa menos por hacer. Ahora tocaba… Enfrentarse a lo que había estado temiendo y deseando a partes iguales durante las dos últimas semanas (por no decir durante los últimos meses): él. Tras asegurarme de que la ropa había llegado medianamente doblada a su destino y de arreglarme un poco el pelo, me quedé delante del espejo de mi habitación durante unos segundos. Ahí una joven morena, de ojos oscuros y piel pálida a pesar del sol del verano, me devolvió la mirada. Acababa de cumplir los veinticuatro y, a pesar de ello, sentía que mi vida adulta acababa de comenzar. Unos veinticuatro que, en realidad, son como la mayoría de edad… ¿Por qué me quedaba pensando esas cosas cuando, seguramente, él  ya me estaba esperando al otro lado del pasillo? Mecanismos de mi cabeza para evadir la tensión, supongo. Suspiré al tiempo que, con una pequeña sonrisa, trataba de insuflarme ánimos. “¡Venga! Llevas esperando estos días desde que le conociste. Disfrútalos o después te lamentarás” Y eso hice. Cogí mi cazadora blanca (esa que me había comprado dos días antes mientras hablábamos por teléfono) y salí de mi habitación con un paso que trataba de aparentar una seguridad de la que en realidad carecía por completo. Ahí estaba él, con la mirada perdida y la espalda apoyada en la pared de enfrente. Le sonreí ¿cómo no iba a hacerlo? y continué avanzando hasta encontrarme a menos de dos pasos de distancia. ¡Podía tocarle! Me bastaba con alargar el brazo para que las yemas de mis dedos rozasen la tela de su camisa. Me había imaginado aquel encuentro tantas veces que, ahora, me encontraba abrumada por esa oleada de sentimientos que golpeaba las paredes de mi pecho y de mi cabeza. ¡Le tenía ahí!

Ya estoy-otra vez mi estúpida sonrisita de colegiala- Espero no haber tardado mucho… Mi madre a veces se pone un poco pesada-Oh, por dios, deja de mencionar a tu madre que ya eres mayorcita-¿Te apetece que vayamos a comer? Así tenemos toda la tarde libre para visitar el pueblo.

Los nervios y la maldita manía que tienen de volverme una mandona. ¿Por qué no dejaba que fuera él quien decidiese el plan a seguir? A fin de cuentas yo era nueva en el sitio y él, en cambio, lo había visitado en más de un par de ocasiones. Carraspeé y comencé a bajar las escaleras a su lado sin poder evitar que mi mirada abandonase el suelo para dirigirse hacia su figura. Seguro de sí mismo, con un caminar decidido y esa sonrisa de lado que ya se había convertido en mi favorita. ¿En serio era el mismo que me había dicho sin tapujo alguno que me amaba? ¿O el que me había concedido el derecho a llamarle a cualquier hora de la noche pues, palabras textuales, “eres mi niña, tengo que cuidarte”? Esas preguntas inevitablemente me llevaban a otra aún más seria… ¿Se arrepentiría de todo ello? Yo no, por supuesto, pero ¿y si él si lo hacía? No podría culparme ya que, a fin de cuentas, nuestra relación había sido extraña y, sobre todo, llevaba a la distancia. Un par de fotos mías no podían suplir el contacto directo y, tal vez, ahora se había dado cuenta del error que había cometido al regalarme tales atenciones o palabras de afecto (o mejor dicho de amor) Con esos tormentosos pensamientos regresamos al coche con el que dirigirnos al centro del pueblo. Hablábamos, pero mentiría si dijera que recuerdo los temas de conversación. Inquieta, casi con problemas para pronunciar bien las palabras (¡estúpida dislexia!) me acomodé en el asiento del copiloto y clavé los ojos en el paisaje que trasncurría a través de la ventana. Poco a poco, tal vez gracias al suave ronroneo del motor, fui calmándome y, al mismo tiempo, recuperando hilos sobre los que conversar.

Ummmm… tú decides dónde comemos… Me dejo llevar por tí– ¿era cosa mía o esa frase tenía fácil malinterpretación? Está bien, está bien… No te pongas nerviosa de nuevo.

Silencio de nuevo y mi cabeza, frenética, buscaba cosas que decir. Finalmente, tras intentos frustrados de parecer divertida y espontánea, opté por dejar que la conversación fluyese sola, sin forzarla de forma alguna. Las cosas entre nosotros dos habían ido bastante bien gracias a la naturalidad y a la ausencia de corsés sociales ¿por qué cambiar de estrategia justo ahora? Sonreí, esta vez con algo más de tranquilidad que antes, al tiempo que -una vez aparcados en la que debía ser la calle principal del pueblo- salía del coche al abrigo de la brisa propia del norte de España. Tras un rápido vistazo al interior del vehículo cai en la cuenta de que se había dejado el teléfono móvil en el asiento por lo que me apresuré a recogerlo.

Cariño… Eh….– ¡Dios mio! ¡Se lo has dicho en persona! ¡Calma! ¿Se habrá dado cuenta? ¿Lo habrá escuchado? Relájate y continua la maldita frase- Te… has… dejado el móvil.

Torpemente, y con el objeto presionado con fuerza contra los dedos de mi mano, rodeé el coche y se lo tendí. El fuego de mis mejillas provocado por la vergüenza me hizo bajar la mirada una vez más.

Ummm… Te sigo-murmuré con un hilo de voz.

Y todo comenzó así IV

El coche andaba realmente despacio a través de la carretera que conectaba la localidad con el punto donde se encontraba el hotel rural en el que se había hecho nuestra reserva. Había dos motivos principales; el primero era lo nervioso que me encontraba, muy a pesar del intento de dibujo de un semblante serio y autosuficiente. El segundo, que realmente no tenía demasiado claro por donde encaminarme y las señales de carretera no parecían demasiado claras con respecto al hotel que, lejos de encontrarse en una localidad, se encontraba en un punto muerto en el que confluían entradas a varias localidades de toda la comarca. Afortunadamente, el tiempo nos había había enviado un amistoso guiño; no por ser verano, después de todo, iba a hacer buen tiempo o estar libre de llovizna… menos en aquel norteño lugar fronterizo con Francia.

Dentro de mí había una extraña sensación de estar fuera de lugar en todo momento. Aquellos episodios no eran particularmente frecuentes en mí, de hecho no lo habían sido nunca, y me sentía muy raro haciendo todo aquello. Recordaba el silencio de aquel amigo cuando le conté por primera vez que ese encuentro iba a producirse; tan bien como yo, él sabía que aquellos comportamientos eran bastante extraños ¿No bastaba con una bonita amistad, como hasta entonces, y ya cuando volviese al país (si es que lo hacía)… coincidiremos a tomar un café? Era lo normal, claro. Esa misma pregunta me había hecho él con aquel insidioso tono de sorna que pretendía apoyar presuntas teorías de emparejamiento de forma tan abrupta había atajado yo… amenaza de colgar el teléfono incluida. Más allá de bromas entre amigos, sí era cierto que aquella situación era tan nueva que me hacía sentir fuera de lugar, y eso impedía que me pudiese deshacer del todo de una leve sensación de incomodidad personal con todo aquello… ¿Pasará a medida que sucedan las horas? Ni idea…

Ella estaba nerviosa, muy diferente a la comodidad que había en nuestras conversaciones habituales. No se la sentía necesariamente incómoda, pero sí muy nerviosa… y me estaba poniendo nervioso a mí. Traté de hablar despreocupadamente del pueblo de Zugarramurdi, sin darme cuenta daba ciertas dosis de información falsa mezclando historias de Navarra, con Vizcaya… ¿Qué diablos la estaba contando? Decidí callarme la boca porque incluso los datos históricos bailaban en mi cabeza y no atinaba uno solo. Ahí es cuando se hizo un total silencio y mi mirada se fijó en la carretera… y… ¡Me había perdido! Tensé las mandíbulas, giré mi cabeza a la derecha y la sonreí con calma fingida justo antes de redirigir mi mirada a la carretera y tomar el primer desvío hacia el punto inicial.

No es un mal hotel, creo que tendrás cobertura.- Comenté pensativo llevándome una mano al bolsillo para sacar mi propio móvil. La cobertura no era total, pero había suficiente. –Lo que sucede que aquí en carretera… Ya sabes lo que ocurre con los pueblos pequeños. El hotel dispone de Wifi, así que imagino que también de señal de cobertura– Bromeé mientras dejaba mi móvil sobre su regazo y volvía a colocar la mano sobre el volante. –Llama desde ahí… Hay tarifa a fijos internacionales, ya sabes– No pasaba un sólo día en el que no hablásemos dos horas, mínimo, por teléfono. Recuerdo aquella mañana en la que me despertó el agente comercial para, “milagrosamente”, ofrecerme una nueva tarifa que me permitía llamar a móviles y fijos nacionales, así como a fijos internacionales, dentro de una misma cantidad que era asombrosamente baja ¡y cien SMS!

Aquella chica creo que era la primera que conocía que pensaba en llamar a su madre. Si yo llamase a mi madre en esas circunstancias, ella se preocuparía porque pensaría que algo me ha pasado… No era demasiado frecuente aquel tipo de llamadas, y realmente en mi entorno era algo que se hacía una vez a la semana y por cumplir. Sin embargo, mi acompañante era asombrosamente cercana a su progenitora… Tierno ¿no? Era una chica especial, francamente especial, y totalmente distinta a cualquiera que hubiese conocido. No únicamente por eso, tenía muchas más particularidades muy difíciles de encontrar en cualquier otra chica de su generación… Era… especial. Creo que había sido eso lo primero que me había llamado la atención y me hizo separarla del resto, lo demás… fue surgiendo. Aún no tenía muy claro el qué había surgido… ¿O sí? Bueno… veremos qué pasa…

Lo enmadrada me intrigó, ese fue el primer sentimiento que noté cuando lo detecté por primera vez. Apenas en un día descarté las facetas negativas de estos comportamientos, no era el caso, y a medida que iba observando más me iba gustado. Además, cuando hablaba de su familia (algo que ocurría a menudo), describía una especie de tribu de los Brady a la que no era muy difícil dedicar simpatía y cierto afecto. La otra cara de la moneda: independizado poco después de cumplir la mayoría de edad, radicado a varios cientos de kilómetros de mi ciudad natal, y… tal vez forjado algo huraño, en lo que a familia se refiere, a través de experiencias poco agradables. Supongo que en parte veía “como era la otra cara del mundo” a través de la ventana que la vida de mi acompañante me ofrecía, y tal vez lo admirase un poco.

¡Claro que tengo algo pensado!– Exclamé sin dejar de mirar a la carretera. –Pero dejaría de ser una sorpresa si te lo dijese…– Añadí.

Emití una carcajada cuando mencionó a Laura. –Pobre Laura…- Espeté aún riendo. Laura era una amiga de ella, buena amiga además, que yo también había conocido en el mismo lugar virtual donde comenzó todo aquello. Chica simpática, sí, con un buen sentido del humor, una asombrosa educación y cierta madurez que únicamente puede ofrecer el desenvolvimiento laboral. Obviamente no es que tuviese “envidia”, o al menos no sólo eso, también la interesaba saber si su amiga no iba a ser trozeada y enterrada en diferentes puntos de la Comunidad Autónoma… Sonreí volviendo mi mirada hacia la que ocupada el asiento del copiloto –Mándala aunque sea un Wasshapt, anda… La tengo en los contactos, y dila que has llegado bien… Soléis enviaros archivos de voz ¿no? Envíale uno, así la saludo– Arqueé una ceja mirando significativamente el móvil. Suficiente para descartar homicidios, supongo…

Pues… si no me equivoco, que todo puede ser, aquí mismo es…– Dije con un tono triunfal claramente exagerado, a modo de broma, mientras giraba hacia la derecha con clara intención de aparcar. Algunos comían, otros reían, otros lloraban, otros hablaban de más… Yo, cuando nervioso, sencillamente hacía el payaso. En realidad solía hacer el payaso muy a menudo, a veces lo hacía queriendo, otras sin querer, y otras lo hacía sin querer pero fingía haberlo hecho queriendo.

Fuera del coche, obviamente tras ocuparme yo mismo de los equipajes, volví a aprovechar para observarla mejor. Dentro del automóvil hubiese sido bastante descarado por la obviedad que representaba verme obligado a volver mi cabeza para mirarla, por lo que lo había hecho lo justo y necesario. Todo el trayecto a pie desde el aparcamiento hasta la recepción fue un exhaustivo examen visual que únicamente venía a confirmar lo que había visto en la estación, y que llegaba a superar lo que creí haber visto en fotos ¿cómo diablos una chica con tantos parecidos, que ofrecía unas casualidades que a veces parecían más una broma, también combinaba tan bien con mis preferencias físicas? Aquello era asombroso…

… y con ese asombro, llegué junto a ella a toparme con una rechoncha recepcionista que en la cara tenía dibujada la advertencia de tener un impronunciable apellido.

Te-teníamos una reserva…– Mi mano entregaba un DNI a otra mano mucho mucho más ancha que la mía.

Habitación doble ¿verdad?– Respondió…

…….– ¿Había reservado yo eso? Ni tan si quiera me salían las palabras de la boca.

¡Oh no! Disculpe… Dos habitaciones individuales, sí, aquí está…– Entornaba los ojos mirando aquella pantalla de ordenador.

Sonreí mientras kilos y más kilos se iban de mi cuerpo y me hacían sentir flotar de alivio. Hubiese jurado que aquella era la reserva correcta, pero todo ese viaje me había puesto tan nervioso que bien pudiese haberme equivocado, o lo que es lo mismo… Ellos mismos se hubiesen equivocado y ahora no tuviesen nada más que una habitación doble.

Las habitaciones eran contiguas, una junto a la otra y únicamente separadas por una pared. Frente a las puertas ahí nos encontrábamos ambos, después de que se efectuase el registro de habitación y nos indicasen hacia donde ir para dar con ellas. Así mismo mi mano extendió su maleta, con ayuda de las ruedas, hacia donde se encontraba y dediqué una sonrisa mirándola a los ojos.

Bueno… pues… Vamos a instalarlos, no tardaré pero tómate el tiempo que necesites, te esperaré en la entrada…

¡La tarjeta! ¡La tarjeta! ¿Por qué diablos no me abría?