Y todo comenzó así V

Con un leve portazo gracias a mi talón me encontré sola en cuarto que me había tocado. Mi corazón, todavía nervioso por el pequeño susto que nos acababa de dar la recepcionista al decir “una habitación doble”, comenzó a latir con cierta normalidad al verme lejos de su mirada. Habíamos planeado aquel encuentro durante más de dos semanas y, aun así, me sentía como si todo aquello se hubiese presentado de repente ante mis ojos. Primeros de Mayo… A penas unos cuantos meses que, en cambio, se asemejaban más a una vida entera. ¿Qué quedaba de esa chica insegura y manipulable que se había fijado en él? Bueno, a juzgar por el temblor de mis manos al posar la maleta sobre la cama, pocos dirían que la inseguridad había desaparecido, e incluso yo misma sabía que aún tenía muchas cosas que mejorar, pero de tontos habría sido negar el evidente cambio que toda mi existencia había experimentado tras su llegada.  Él tenía la habilidad de que un día pareciese un mes y que, varios meses se me antojasen unos cuantos años pues… ¿de qué otra manera se podría explicar ese grado de complicidad que sentíamos? Más allá de una fachada pintada de simpatía y cercanía, me consideraba una persona bastante desconfiada llegados a ciertos puntos y, sin embargo, a pesar de lo extraño de las circunstancias, podía decir que contaba con mi confianza en grados tales que me avergonzaba reconocer.

Nerviosa, sin saber muy bien qué iba a suceder en las próximas horas, busqué mi teléfono movil con la única intención de hacer una llamada rápida con la que tranquilizar a mi madre. No me dolía reconocer que aquel era mi primer viaje en solitario (dejando a un lado simples trayectos en los que o bien un familiar o bien alguna amistad íntima me estaba esperando) y, obviamente, la novedad siempre trae ciertos temores. ¿Y si no se presentaba? Esa duda ya había sido desmontada. Pero… ¿Y si no congeníabamos tan bien como con más de tres mil kilómetros de distancia? ¿Y si los temas de conversación se acababan? ¿Y si…

¡Mamá! Hola– la voz de la mujer al otro lado de la línea interrumpió de manera abrupta mi tenso hilo de pensamientos-Acabo de llegar al hotel… Si, si… el viaje un poco largo pero bien… Ajá… Si, está dejando las cosas y ahora iremos a comer… Si… ¿Y vosotros?… Perfecto. Por aquí un poco nublado… Si, por la noche te mando un mensaje… Pasadlo bien… Vale, vale… Un beso.

Listo. Una cosa menos por hacer. Ahora tocaba… Enfrentarse a lo que había estado temiendo y deseando a partes iguales durante las dos últimas semanas (por no decir durante los últimos meses): él. Tras asegurarme de que la ropa había llegado medianamente doblada a su destino y de arreglarme un poco el pelo, me quedé delante del espejo de mi habitación durante unos segundos. Ahí una joven morena, de ojos oscuros y piel pálida a pesar del sol del verano, me devolvió la mirada. Acababa de cumplir los veinticuatro y, a pesar de ello, sentía que mi vida adulta acababa de comenzar. Unos veinticuatro que, en realidad, son como la mayoría de edad… ¿Por qué me quedaba pensando esas cosas cuando, seguramente, él  ya me estaba esperando al otro lado del pasillo? Mecanismos de mi cabeza para evadir la tensión, supongo. Suspiré al tiempo que, con una pequeña sonrisa, trataba de insuflarme ánimos. “¡Venga! Llevas esperando estos días desde que le conociste. Disfrútalos o después te lamentarás” Y eso hice. Cogí mi cazadora blanca (esa que me había comprado dos días antes mientras hablábamos por teléfono) y salí de mi habitación con un paso que trataba de aparentar una seguridad de la que en realidad carecía por completo. Ahí estaba él, con la mirada perdida y la espalda apoyada en la pared de enfrente. Le sonreí ¿cómo no iba a hacerlo? y continué avanzando hasta encontrarme a menos de dos pasos de distancia. ¡Podía tocarle! Me bastaba con alargar el brazo para que las yemas de mis dedos rozasen la tela de su camisa. Me había imaginado aquel encuentro tantas veces que, ahora, me encontraba abrumada por esa oleada de sentimientos que golpeaba las paredes de mi pecho y de mi cabeza. ¡Le tenía ahí!

Ya estoy-otra vez mi estúpida sonrisita de colegiala- Espero no haber tardado mucho… Mi madre a veces se pone un poco pesada-Oh, por dios, deja de mencionar a tu madre que ya eres mayorcita-¿Te apetece que vayamos a comer? Así tenemos toda la tarde libre para visitar el pueblo.

Los nervios y la maldita manía que tienen de volverme una mandona. ¿Por qué no dejaba que fuera él quien decidiese el plan a seguir? A fin de cuentas yo era nueva en el sitio y él, en cambio, lo había visitado en más de un par de ocasiones. Carraspeé y comencé a bajar las escaleras a su lado sin poder evitar que mi mirada abandonase el suelo para dirigirse hacia su figura. Seguro de sí mismo, con un caminar decidido y esa sonrisa de lado que ya se había convertido en mi favorita. ¿En serio era el mismo que me había dicho sin tapujo alguno que me amaba? ¿O el que me había concedido el derecho a llamarle a cualquier hora de la noche pues, palabras textuales, “eres mi niña, tengo que cuidarte”? Esas preguntas inevitablemente me llevaban a otra aún más seria… ¿Se arrepentiría de todo ello? Yo no, por supuesto, pero ¿y si él si lo hacía? No podría culparme ya que, a fin de cuentas, nuestra relación había sido extraña y, sobre todo, llevaba a la distancia. Un par de fotos mías no podían suplir el contacto directo y, tal vez, ahora se había dado cuenta del error que había cometido al regalarme tales atenciones o palabras de afecto (o mejor dicho de amor) Con esos tormentosos pensamientos regresamos al coche con el que dirigirnos al centro del pueblo. Hablábamos, pero mentiría si dijera que recuerdo los temas de conversación. Inquieta, casi con problemas para pronunciar bien las palabras (¡estúpida dislexia!) me acomodé en el asiento del copiloto y clavé los ojos en el paisaje que trasncurría a través de la ventana. Poco a poco, tal vez gracias al suave ronroneo del motor, fui calmándome y, al mismo tiempo, recuperando hilos sobre los que conversar.

Ummmm… tú decides dónde comemos… Me dejo llevar por tí– ¿era cosa mía o esa frase tenía fácil malinterpretación? Está bien, está bien… No te pongas nerviosa de nuevo.

Silencio de nuevo y mi cabeza, frenética, buscaba cosas que decir. Finalmente, tras intentos frustrados de parecer divertida y espontánea, opté por dejar que la conversación fluyese sola, sin forzarla de forma alguna. Las cosas entre nosotros dos habían ido bastante bien gracias a la naturalidad y a la ausencia de corsés sociales ¿por qué cambiar de estrategia justo ahora? Sonreí, esta vez con algo más de tranquilidad que antes, al tiempo que -una vez aparcados en la que debía ser la calle principal del pueblo- salía del coche al abrigo de la brisa propia del norte de España. Tras un rápido vistazo al interior del vehículo cai en la cuenta de que se había dejado el teléfono móvil en el asiento por lo que me apresuré a recogerlo.

Cariño… Eh….– ¡Dios mio! ¡Se lo has dicho en persona! ¡Calma! ¿Se habrá dado cuenta? ¿Lo habrá escuchado? Relájate y continua la maldita frase- Te… has… dejado el móvil.

Torpemente, y con el objeto presionado con fuerza contra los dedos de mi mano, rodeé el coche y se lo tendí. El fuego de mis mejillas provocado por la vergüenza me hizo bajar la mirada una vez más.

Ummm… Te sigo-murmuré con un hilo de voz.

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